Esquema del artículo
– Panorama anatómico y cómo se manifiesta el dolor
– Causas intraarticulares y degenerativas
– Causas extraarticulares, referidas y traumáticas
– Síntomas, señales de alarma y diagnóstico
– Tratamiento, prevención y conclusión

Anatomía funcional de la cadera y por qué duele

La cadera es una articulación esferoidal que actúa como bisagra y pivote a la vez. La “cabeza” del fémur encaja en el acetábulo de la pelvis, recubiertos ambos por cartílago liso que reduce la fricción. Un aro de fibrocartílago, el labrum, sella la cavidad y aporta estabilidad. Alrededor, una orquesta de músculos —glúteos, rotadores profundos, flexores como el psoas y aductores— dirige el movimiento, mientras bursas llenas de líquido amortiguan el roce entre tendones y hueso. Ligamentos firmes y una cápsula gruesa completan el sistema. Cuando cualquiera de estas piezas pierde armonía, aparece el dolor.

El sitio donde duele ofrece pistas valiosas. La molestia en la ingle sugiere causas dentro de la articulación (cartílago, labrum), mientras el dolor lateral, sobre el trocánter mayor, suele apuntar a tendinopatías glúteas o bursitis. El dolor profundo en el glúteo puede relacionarse con sobrecarga de rotadores o con la columna lumbar. A veces, la incomodidad se “refiere” hacia la rodilla, lo que confunde; por eso, no es raro que alguien crea tener un problema de rodilla cuando en realidad el origen está en la cadera. Un comienzo paulatino y rigidez matutina suelen acompañar procesos degenerativos; un inicio súbito tras un giro o un sprint, en cambio, evoca lesión aguda.

Para entender su relevancia cotidiana, basta pensar en los movimientos que dependen de la cadera: levantarse de una silla, caminar, correr, girar, subir escalones. Es, literalmente, el eje que conecta el tronco con el mundo. Por eso, pequeñas alteraciones se sienten grandes. Entre las funciones clave destacan:
– Estabilidad del tronco durante la marcha
– Transferencia de fuerza desde el core hacia las piernas
– Amortiguación de impactos repetidos al caminar y correr
– Control de la rotación y la alineación de rodilla y pie
Cuando estas funciones fallan, la carga se redistribuye de manera ineficiente y el dolor se convierte en un mensajero insistente de que algo necesita atención.

Causas intraarticulares y degenerativas: del cartílago al labrum

Las causas intraarticulares suelen ser protagonistas cuando el dolor se percibe en la ingle. La artrosis de cadera, por ejemplo, implica desgaste del cartílago articular y cambios en el hueso subyacente. Se manifiesta con rigidez, chasquidos ásperos, dolor al iniciar el movimiento y alivio parcial al “entrar en calor”. Su frecuencia aumenta con la edad y con factores como exceso de peso, antecedentes de displasia o alteraciones sutiles de la forma de la cadera, así como trabajos o deportes con carga repetida. En adultos mayores, diversas encuestas poblacionales han estimado que una proporción significativa presenta signos radiográficos y una fracción de ellos síntomas, con variaciones por región y estilo de vida.

Otro actor relevante es la lesión del labrum. Este anillo de fibrocartílago ayuda a sellar la articulación y a repartir la presión; cuando se desgarra por microtraumatismos repetidos o por choques sutiles entre cuello femoral y acetábulo, aparece dolor punzante en la ingle, sensación de “enganche” y, a veces, clics. Estos choques, conocidos como alteraciones de pinzamiento femoroacetabular, pueden ser de predominio “cam” (relieve óseo en el cuello femoral), “pincer” (borde acetabular prominente) o mixtos. En personas activas de mediana edad, estas alteraciones no siempre causan síntomas, pero cuando lo hacen, suelen destacarse en sentadillas profundas, giros o carreras con cambios de dirección.

También existen causas menos frecuentes pero importantes. La necrosis avascular del fémur, asociada al uso prolongado de corticoides sistémicos o al consumo elevado de alcohol, compromete la irrigación de la cabeza femoral y puede provocar colapso del hueso. Se presenta con dolor creciente y limitación funcional. Las artritis inflamatorias (como algunas espondiloartritis) y los cristales (como la gota) pueden inflamar la cadera con brotes de dolor, calor local y rigidez notable, con marcadores de inflamación elevados en análisis de sangre. Diferenciar estas entidades requiere combinar historia clínica, exploración dirigida e imágenes, porque la conducta terapéutica cambia de forma significativa entre un desgaste mecánico y un proceso inflamatorio.

Causas extraarticulares, referidas y traumáticas: músculos, tendones y más

Fuera de la articulación, los tejidos blandos alrededor de la cadera también pueden doler. El llamado “síndrome de dolor trocantérico” agrupa la bursitis trocantérica y las tendinopatías del glúteo medio y menor. Se reconoce por dolor lateral que empeora al tumbarse sobre ese lado, al subir escaleras o al permanecer de pie mucho tiempo. En personas que caminan largas distancias, en corredores recreativos y en quienes presentan debilidad de glúteos, la sobrecarga repetida puede irritar la bursa y los tendones. La palpación sobre el trocánter mayor duele, y ciertos tests de resistencia de abducción reproducen la molestia. Suele ser un motivo frecuente de consulta en atención primaria y responde bien a un programa de fortalecimiento y a estrategias de reducción de carga.

El psoas y los aductores, por su parte, pueden inflamarse por cambios bruscos de actividad, falta de movilidad de cadera o técnica ineficiente. Cuando el psoas está implicado, el dolor se localiza en la ingle y puede aparecer un chasquido al flexionar la cadera, especialmente al levantarse de la silla o al subir al coche. La banda iliotibial tensa también puede contribuir, generando tirantez lateral que se extiende hacia el muslo. Además, el dolor puede “viajar” desde la columna lumbar (radiculopatías o irritación facetaria) o desde la articulación sacroilíaca, mimetizando un problema de cadera. Las hernias inguinales y la pubalgia del deportista añaden diagnósticos diferenciales cuando la molestia aparece en esfuerzos, sprints o cambios rápidos de dirección.

En el ámbito traumático, las contusiones son la causa más común, pero no la única. Las fracturas por estrés del cuello femoral, aunque menos frecuentes, requieren atención inmediata; se manifiestan con dolor progresivo que aumenta al apoyar y calma en reposo, y son más probables en incrementos rápidos de kilometraje, baja ingesta energética o alteraciones del ciclo menstrual. En jóvenes, las avulsiones de espinas óseas por arrancamiento tendinoso pueden ocurrir en sprints o saltos. Factores que aumentan el riesgo de lesiones incluyen:
– Aumentos bruscos de carga o volumen semanal
– Falta de fuerza del glúteo medio y rotadores
– Superficies duras o calzado muy gastado
– Nutrición inadecuada o baja disponibilidad energética
– Historial reciente de inmovilización o sedentarismo
Reconocer estos elementos permite ajustar el plan de actividad y prevenir recaídas.

De los síntomas al diagnóstico: qué buscar y cuándo consultar

El diagnóstico comienza con una historia clínica minuciosa: localización del dolor, actividades que lo desencadenan, rigidez matutina, chasquidos, sensación de bloqueo, antecedentes de traumas o de enfermedades inflamatorias. La exploración física añade datos: rango de movimiento, fuerza de abductores, marcha, y pruebas provocativas. Maniobras como FADIR (flexión, aducción y rotación interna) pueden reproducir dolor de origen intraarticular, mientras FABER (flexión, abducción y rotación externa) valora la cadera y la región sacroilíaca. El test de Trendelenburg evalúa la función del glúteo medio, útil para sospechar tendinopatía. En conjunto, estas piezas dibujan un mapa que orienta la necesidad de imágenes.

Las radiografías simples son una primera herramienta asequible para ver el contorno óseo, valorar artrosis o buscar fracturas. La ecografía es útil para bursitis y tendones superficiales, además de guiar infiltraciones. La resonancia magnética ofrece mayor detalle de cartílago, labrum, médula ósea y tendones profundos, y detecta edema óseo o necrosis avascular temprana. En casos seleccionados, la tomografía computarizada ayuda a definir la anatomía ósea cuando se plantea cirugía. Los análisis de sangre se reservan para sospechas de inflamación sistémica o infección (marcadores como PCR y VSG), o para evaluar cristales. A veces, una infiltración diagnóstica con anestésico dentro de la articulación aclara si el origen del dolor es intraarticular: si la molestia desaparece transitoriamente, esa pista es valiosa.

Es crucial identificar señales de alarma que justifican consulta urgente o prioritaria:
– Incapacidad para apoyar el peso tras una caída o dolor intenso súbito
– Fiebre, escalofríos, enrojecimiento local o malestar general
– Dolor nocturno que no cede y pérdida de peso inexplicada
– Dolor progresivo en personas con uso prolongado de corticoides o consumo elevado de alcohol
– Antecedentes de cáncer o una infección reciente con dolor articular agudo
Ante la duda, buscar evaluación profesional evita complicaciones. Para molestias no urgentes, un enfoque escalonado —modificar actividades, ejercicios dirigidos y control del dolor— suele ser razonable, pero la persistencia por más de 6 a 12 semanas, o la limitación funcional marcada, merecen valoración clínica para confirmar el diagnóstico y ajustar el plan.

Tratamiento, prevención y conclusión: pasos claros para volver a moverte

El tratamiento depende de la causa y del grado de afectación, pero comparte objetivos: controlar el dolor, recuperar la función y prevenir recaídas. En fases iniciales, el reposo relativo —no absoluto— ayuda: reduce la carga de las actividades que agravan el dolor, pero mantiene el movimiento dentro de un rango cómodo. El hielo al final del día o tras el ejercicio calma episodios inflamatorios; el calor suave, en mañanas rígidas, mejora la movilidad. Analgésicos de uso común y antiinflamatorios pueden considerarse por periodos breves y con asesoramiento profesional, especialmente si existe antecedente de gastritis, hipertensión o enfermedad renal. Los tratamientos tópicos, como geles analgésicos, ofrecen alivio localizado con menor exposición sistémica.

La fisioterapia centrada en fuerza y control motor es un pilar. Suele incluir fortalecimiento progresivo de glúteo medio y rotadores, trabajo del core, movilidad de la cadera y de la columna torácica, y reeducación de la marcha o del patrón de carrera. En tendinopatías glúteas, ejercicios isométricos inicialmente y luego excéntricos/concéntricos resultan útiles; dormir con una almohada entre las rodillas y evitar cruzarlas disminuye la compresión lateral nocturna. En artrosis, mantener actividad aeróbica de bajo impacto (caminar, nadar, pedalear suave) y trabajar amplitud de movimiento mejora la función. Un bastón usado en la mano contraria a la cadera dolorosa reduce la carga articular. Ajustes del entorno —altura de sillas, pausas activas, subir escaleras sosteniéndose del pasamanos— marcan diferencia en el día a día.

Cuando el dolor persiste a pesar de medidas conservadoras, existen opciones complementarias. Las infiltraciones con corticoides pueden aliviar bursitis trocantérica o sinovitis reactivas; tienen efectos temporales y se usan con criterio. Otras alternativas, como ácido hialurónico o plasma rico en plaquetas, muestran resultados variables según la condición y el estudio; su indicación requiere discusión informada sobre beneficios e incertidumbres. La cirugía puede contemplarse en desgarros labrales sintomáticos, alteraciones de pinzamiento que no responden a rehabilitación o artrosis avanzada con limitación severa, donde el reemplazo total de cadera ofrece alivio del dolor y mejora funcional significativa en la mayoría de los casos, tras un proceso de recuperación estructurado.

Para prevenir recaídas, piensa en un plan sostenible:
– Incrementa el volumen de entrenamiento no más del 10% semanal
– Fortalece glúteos dos o tres veces por semana y cuida la técnica
– Alterna superficies y cuida el calzado, evitando su desgaste extremo
– Mantén una alimentación adecuada y sueño reparador
– Revisa la ergonomía en el trabajo y las pausas de movimiento
Conclusión: entender la causa de tu dolor de cadera es el primer paso para recuperar la confianza al moverte. Un enfoque metódico —ajustar cargas, fortalecer lo que sostiene la articulación y consultar cuando hay señales de alarma— suele traducirse en avances sostenibles. Si hoy la cadera te susurra límites, escucha ese mensaje, actúa con prudencia y constancia, y deja que cada semana sume movilidad, fuerza y menos dolor.