Causas comunes del dolor de cadera: guía informativa
Introducción y esquema del artículo
La cadera es una bisagra robusta que nos permite caminar, subir escaleras, correr o simplemente levantarnos de una silla. Cuando duele, no solo molesta al moverse: altera el sueño, el humor y la productividad. Entender las causas más comunes del dolor de cadera ayuda a elegir acciones sensatas: ajustar la carga de entrenamiento, pedir una valoración clínica a tiempo o aplicar medidas sencillas de autocuidado. En población general, los dolores musculoesqueléticos figuran entre los motivos más frecuentes de consulta primaria, y la cadera ocupa un lugar clave tras la espalda y la rodilla. En personas mayores, la artrosis de cadera puede limitar actividades cotidianas como ponerse los calcetines o cargar bolsas; en deportistas y trabajadores físicamente activos, las tendinopatías y los síndromes por sobreuso son protagonistas silenciosos que, si no se detectan, prolongan el problema.
Para orientarte con claridad, este artículo te propone un mapa de ruta. Primero entenderás cómo se origina el dolor en función de la anatomía y por qué duele en sitios distintos (ingle, lateral o glúteo). Luego revisaremos causas mecánicas frecuentes en la vida real, desde tendinopatías del glúteo medio hasta la bursitis trocantérica y los conflictos femoroacetabulares. Continuaremos con las causas degenerativas e inflamatorias que aumentan con la edad o por condiciones sistémicas, incluidas la artrosis y la necrosis avascular. Cerraremos con pistas prácticas para distinguir el dolor referido desde la columna u otras vísceras, señales de alarma, prevención y cuándo consultar.
Esquema del artículo:
– Anatomía y patrones de dolor: cómo “habla” la cadera según la zona afectada.
– Sobrecarga y causas mecánicas: tendón, bursa, labrum y cartílago en acción.
– Degenerativas e inflamatorias: artrosis, artritis y otros cambios con la edad.
– Dolor referido y señales de alerta: reconocer banderas rojas sin pánico.
– Pasos prácticos y conclusiones: qué puedes hacer hoy con sentido común.
A lo largo del texto añadiremos comparaciones útiles. Por ejemplo: ¿cómo se diferencia el dolor lateral de la cadera (a menudo tendinoso) del dolor profundo en la ingle (más articular)? ¿Por qué a veces la cadera duele por un problema en la columna? Y, sobre todo, ¿qué decisiones ayudan a corto y a largo plazo sin caer en soluciones mágicas? Empecemos por la base: conocer la estructura para comprender el síntoma.
Anatomía y patrones de dolor: qué dice la zona que molesta
La cadera es una articulación esferoidal entre el fémur y el acetábulo, estabilizada por un complejo sistema de ligamentos, cartílago, labrum y una potente musculatura que incluye glúteos, rotadores profundos, flexores y aductores. Esa arquitectura permite potencia y movilidad, pero también define “patrones” de dolor que orientan la causa. Una idea fundamental: la ubicación del dolor importa. Mientras el dolor en la ingle suele apuntar a estructuras intraarticulares (cartílago, labrum, sinovial), el dolor lateral sobre el trocánter mayor sugiere sobrecarga de tendones glúteos o bursitis; el dolor en la región glútea, por su parte, puede provenir de músculos profundos o de la columna lumbosacra.
Comparar sensaciones ayuda. Un dolor mecánico típico empeora con carga y mejora en reposo; por ejemplo, dolor al subir escaleras o tras una caminata larga. En cambio, un dolor inflamatorio se manifiesta con rigidez matutina prolongada, mejora al “entrar en calor” y puede despertar por la noche. También importa la irradiación: si el dolor baja por la cara lateral del muslo en forma de quemazón o calambre, la fuente puede estar en la columna (radiculopatía) más que en la cadera.
Señales frecuentes y su lectura rápida:
– Dolor en la ingle al girar o ponerse los zapatos: posible compromiso intraarticular.
– Dolor lateral al acostarse sobre ese lado: sugiere síndrome doloroso trocantérico (tendón/bursa).
– Dolor glúteo con rigidez y hormigueo hacia la pierna: descartar origen lumbar.
– Chasquido doloroso en flexión y rotación: explorar labrum o psoas.
Los datos apoyan este enfoque. Estudios clínicos muestran que la localización inguinal es uno de los predictores más consistentes de patología articular de cadera, mientras que la sensibilidad focal sobre el trocánter se vincula a patología tendinosa. Además, hay que recordar que la imagen no es el dolor: personas asintomáticas pueden presentar cambios en resonancia (por ejemplo, pequeñas roturas del labrum o morfologías de choque), y al revés, un tendón sobrecargado puede doler con radiografías normales. Por eso, una buena historia clínica y un examen físico bien hechos pesan tanto como cualquier escáner.
Sobrecarga y causas mecánicas: tendones, bursa, labrum y cartílago
En la vida diaria y el deporte, la cadera recibe fuerzas que multiplican el peso corporal, en especial al correr, subir pendientes o cargar objetos. Si la carga supera la capacidad de los tejidos para adaptarse, aparecen microrroturas y dolor. Entre las causas mecánicas, el llamado síndrome doloroso trocantérico —que involucra principalmente los tendones del glúteo medio/menor y la bursa trocantérica— es muy común, en particular en mujeres de mediana edad y en corredores. Se manifiesta como dolor lateral que empeora al acostarse sobre ese lado, al subir escaleras o al permanecer de pie largos periodos. El manejo inicial suele centrarse en ajustar la carga, fortalecer abductores y estabilizadores lumbo-pélvicos, y mejorar la técnica de carrera o marcha.
Otra fuente mecánica es el choque femoroacetabular, una incongruencia entre el fémur y el acetábulo que, bajo ciertos rangos de movimiento, pinza el labrum o el cartílago. Puede dar dolor profundo en la ingle, chasquidos o una sensación de “tope” en flexión y rotación. No toda variación anatómica causa dolor: se han observado morfologías de “cam” o “pincer” en personas sin síntomas, lo que subraya que la adaptación de la carga y el control neuromuscular importan tanto como la forma de los huesos. Cuando hay un desgarro del labrum, el dolor suele acentuarse con giros bruscos o cambios de dirección; aun así, muchas roturas pequeñas se manejan con ejercicio y educación antes de considerar tratamientos invasivos.
También merecen mención:
– Tendinopatías de psoas o aductores: dolor en la ingle que aparece con sprints, cambios de ritmo o chutes potentes.
– “Cadera en resorte”: chasquido benigno del psoas sobre prominencias óseas; puede ser indoloro o llegar a irritar la bursa iliopectínea.
– Fracturas por estrés del cuello femoral: menos frecuentes, pero importantes en corredores de fondo; cursan con dolor progresivo en la ingle que empeora con la carga y exige evaluación inmediata.
En términos de datos, series de corredores informan que las lesiones por sobreuso en cadera/pelvis representan una porción relevante de los problemas del tren inferior, con estimaciones en torno al 10–20% según población y volumen de entrenamiento. Factores de riesgo comparables: incrementos bruscos de kilometraje, superficies inclinadas o duras, historial de lesiones y debilidad de abductores. En el trabajo físico, tareas repetitivas con posturas forzadas o levantamiento de cargas elevan el riesgo de tendinopatías. La comparación es clara: mientras la bursitis/tendinopatía duele lateralmente y al decúbito, los problemas del labrum y del cartílago se “sienten” más en la ingle y con giros; distinguirlos guía decisiones sensatas.
Degenerativas e inflamatorias: artrosis, artritis y otras causas menos visibles
Con la edad y la acumulación de microtraumas, el cartílago articular puede deteriorarse y la sinovial inflamarse: es la artrosis de cadera. Sus rasgos típicos son dolor inguinal o en la cara anterior del muslo, rigidez al iniciar el movimiento, pérdida de rotación interna y dificultad para tareas cotidianas como ponerse los calcetines. La prevalencia varía entre países y métodos diagnósticos, pero estudios poblacionales estiman que la artrosis sintomática de cadera afecta a una fracción significativa de adultos mayores, con cifras aproximadas entre 4% y 8% en mayores de 60 años, mientras que los cambios radiográficos sin dolor pueden ser más frecuentes. Aunque la artrosis no se “cura” con una sola intervención, las estrategias combinadas —control de carga, ejercicio de fuerza y movilidad, educación y, cuando corresponde, control del peso— mejoran la función en muchas personas.
Las artritis inflamatorias (como las espondiloartritis o la artritis reumatoide) pueden comprometer la cadera con rigidez matutina prolongada, dolor en reposo y brotes de inflamación. A diferencia de la artrosis, el dolor inflamatorio suele disminuir con el movimiento suave a lo largo del día y puede acompañarse de otros signos sistémicos (fatiga, rigidez en la columna, dolor en talones). Identificar este patrón es crucial para encaminar un diagnóstico oportuno y evitar daño estructural con el tiempo.
Otra causa relevante es la necrosis avascular de la cabeza femoral, en la que se altera el riego sanguíneo y el hueso se debilita. Se asocia a traumatismos, consumo elevado y sostenido de alcohol, uso prolongado de corticoides y ciertas enfermedades hematológicas. Cursa con dolor inguinal progresivo y limitación de la rotación, y requiere valoración especializada.
No hay que olvidar:
– Osteoporosis con fracturas por fragilidad: una caída desde la propia altura puede desencadenar dolor agudo y dificultad para apoyar.
– Displasia del desarrollo: variaciones en la cobertura acetabular que predisponen a sobrecarga articular en adultos jóvenes.
– Enfermedades metabólicas o infecciosas: menos comunes, pero a considerar ante fiebre, enrojecimiento o dolor nocturno persistente.
Comparativamente, la artrosis tiende a empeorar con la carga y los días fríos; las artritis inflamatorias se delatan por rigidez larga al despertar y mejoría al moverse; la necrosis avascular progresa silenciosa hasta que limita gestos simples como cruzar las piernas. Por ello, la combinación de historia clínica, exploración física y, cuando procede, imagen simple (radiografía) orienta con eficacia antes de solicitar estudios más complejos.
Dolor referido, señales de alarma y pasos prácticos: conclusión para la vida real
No todo lo que duele en la cadera nace en la cadera. La columna lumbar puede irritar raíces nerviosas y provocar dolor que corre por glúteo y muslo; una hernia inguinal puede generar molestias en la ingle al toser o levantar peso; incluso afecciones ginecológicas o urológicas pueden “mimetizar” dolor de cadera. Distinguir estos cuadros evita vueltas innecesarias. Pistas clínicas útiles incluyen el dolor que aumenta con maniobras de Valsalva (tos, esfuerzo), hormigueos eléctricos que siguen un dermatoma, o síntomas urinarios/abdominales asociados. Cuando la palpación directa de la cadera es poco dolorosa pero la movilidad lumbar dispara el síntoma, el origen lumbar gana puntos.
Conocer señales de alarma es esencial para actuar a tiempo:
– Incapacidad súbita para apoyar peso tras una caída o giro.
– Fiebre, enrojecimiento local o malestar general con dolor intenso.
– Pérdida de peso no explicada, dolor nocturno persistente o antecedentes de cáncer.
– Dolor progresivo que no mejora pese a reposo relativo de varias semanas.
En cuanto a pasos prácticos, los principios se resumen en tres ejes: carga, capacidad y calma. Ajustar la carga significa reducir temporalmente aquello que exacerba el dolor (por ejemplo, bajar el volumen de carrera o intercalar días de descanso) y reintroducirlo de manera gradual. Aumentar la capacidad implica fortalecer abductores, extensores y rotadores de cadera, trabajando también el core y la movilidad de tobillos y columna torácica para repartir mejor las fuerzas. Mantener la calma evita el círculo de dolor–miedo–inactividad.
Ideas aplicables desde hoy:
– Si el dolor es lateral, prueba caminar en terrenos llanos, usar pasos más cortos y hacer ejercicios de puente y abducción con control.
– Para molestias inguinales mecánicas, limita giros bruscos y sprints mientras mejoras fuerza y rangos cómodos; aplica calor suave antes de moverte y frío breve si hay irritación tras la actividad.
– Revé tu entorno: calzado sin desgaste excesivo, superficies menos inclinadas, pausas activas en trabajos de pie o sentados.
Como resumen, la cadera “habla” a través del lugar y el momento del dolor. Los cuadros por sobreuso se benefician de ajustar la carga y fortalecer; las causas degenerativas e inflamatorias requieren una mirada más global y, a menudo, coordinación con profesionales de salud. Si identificas banderas rojas o el dolor limita tu vida pese a medidas razonables, busca evaluación clínica. No se trata de soluciones instantáneas, sino de decisiones informadas y consistentes que, con el tiempo, devuelven confianza al moverte. Esa es la meta práctica de esta guía: ayudarte a entender el porqué para actuar con sentido.